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El DENTRO y el FUERA de la Ley de Cambio Climático y Transición Energética

El DENTRO y el FUERA de la Ley de Cambio Climático y Transición Energética

Una cuestión de piel, o cuando la edificación pasó de ser sobreentendida a entendida

Escrito por: Emilio Miguel Mitre, director de Relaciones Internacionales de GBCe y coordinador del proyecto AÚNA

Un relato de “rehabilita-ficción”

En aquellos días salió la ley de Cambio Climático y Transición Energética. Una ley esencial, largo tiempo esperada y que demostraba muchos grandes avances, pero en la que los edificios no llegaban a estar del todo en su sitio. Nuestro país no conseguía entender a sus edificios, probablemente por aquello de que los edificios “siempre están ahí”.

¿Por qué algo con tan extraordinaria importancia como los edificios y las ciudades no tenía un papel más central en la Ley de Cambio Climático? De una manera lógicamente absurda, esto me traía a la mente aquella frase de Gila de que “cuando yo nací mi madre no estaba en casa”.

No sé; el alejamiento de las personas de la verdadera naturaleza de los edificios se podía entender como parte de la desnaturalización del ser humano hasta convertirse en un “no animal” cada vez más mecanizado.

Del mismo modo que nos ocurre con nuestro propio cuerpo, que no entendemos del todo aunque físicamente no podemos tenerlo más cerca. Así la gente había perdido de vista lo que los edificios y las ciudades nos pueden aportar.

Y por esto las personas, y los legisladores, eran casi incapaces de hablar de los edificios, como no fuera refiriéndose a las máquinas que sirven a los edificios.

La atención prestada a la edificación había crecido mucho, pero su verdadera esencia todavía no había aflorado, en parte por nuestra culpa, porque no habíamos conseguido transmitir la buena nueva de la edificación. No es extraño que el discurso político no estuviera del todo maduro.

Para evitar que la edificación siguiera siendo obviada, o dada por sobreentendida, había que focalizar la atención en sus aspectos esenciales, únicos y profundamente diferenciadores. Aspectos en los que se aunaba su descomunal relevancia, casi desapercibida, con una necesidad de atención, urgente y muy precisa, muy focalizada en esta esencia.

Comenzamos por hablar de “dentro y fuera”, casi a la manera de Barrio Sésamo. Así se pudo absorber intelectualmente algo que emocionalmente ya “se sabía” en realidad: que la función esencial de la edificación es la de crear un dentro que debe ser más acogedor que el fuera…, dentro que cada vez deberá ser más acogedor, porque el fuera cada vez es más inhóspito.

… que esto se hace por medio de la piel de los edificios, y que lo que esto significa es que la piel de los edificios, eso que separa el dentro y el fuera, se convierte también, inevitablemente, en aquello que separa y protege a los ciudadanos de la intemperie, misión de extraordinaria importancia, que por sí sola le hace ganar la calificación de infraestructura nacional. Una infraestructura energética ya distribuida, como mandan los cánones del empoderamiento energético ciudadano.

… que esta piel es como nuestra segunda piel; que de su modo de ser depende el “clima” del dentro, y también el clima de esos lugares que están a mitad de camino entre el dentro y fuera que son las calles y las plazas, y los otros lugares de nuestras ciudades… porque si el edificio se recalienta porque la ciudad se recalienta, la ciudad se va a recalentar todavía más, en una espiral imparable.

… que tiene un efecto determinante en nuestra salud, porque estamos hablando de protección y de bienestar: frente al cambio climático o cualquier otra emergencia, ¿dónde se va a refugiar uno si no?; tal vez en ese mismo dentro donde uno pasa el noventa por ciento de su tiempo, ¿no?

… que esta piel envolvente, o envolvente a secas, que es muy grande (porque en conjunto puede tener una extensión de como media provincia (o, por usar un socorridísimo recurso, una superficie equivalente a algo así como medio millón de campos de fútbol), tiene una relevancia crítica en términos de soberanía energética, como sugiere alguna pregunta del tipo de:

¿Qué diferencia habría entre un país que, en una hipotética situación de “apagón” tuviera sus edificios (su gran dentro) en situación de confort un 90% del tiempo y otro que los tuviera solo un 10%? El primero saldría ganando, ¿no? Sería mucho menos vulnerable y más resiliente, ¿verdad?

… que, en este sentido y por clarificar, tiene una misión que cumplir, anterior y por así decir más importante que la eficiencia misma (concepto detrás del cual la edificación suele quedar enmascarada como el bosque que no se percibe por los árboles que tiene delante), consistente en evitar el derroche a su través, misión para la que tiene una extraordinaria capacidad porque, si nos damos cuenta, esta envolvente edificatoria es la verdadera interfaz climática,

… misión que lamentablemente no está haciendo bien porque en realidad tiene muchas fugas, con lo que viene a ser un agujero en el bolsillo,

… por lo cual, ese enorme proveedor de salud y bienestar que es la envolvente entendida como interfaz climática, que es la mayor infraestructura energética nacional, requiere una atención inmediata, inequívocamente focalizada en ella y a su medida.

Y así pasó. Así fue como los edificios pasaron de solo ser un objeto de consumo a ser primer sujeto socioeconómico, energético y medioambiental…  el centro de la transición ecológica.

Porque, gracias a la didáctica de la versión final que tuvo la Ley de Cambio Climático y Transición Energética, nuestro país finalmente entendió que en ese interfaz poderosísimo entre el dentro y el fuera que es la piel de todos nuestros edificios se producía una conjunción extraordinaria entre la generación de bienestar (del de estar bien) y la reducción del derroche, o sea del malgasto, con lo cual también se trataba del otro bienestar, el económico.

Bienestar hacia dentro y hacia fuera.

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